Cuando pensamos en la Antártida, solemos imaginar témpanos de hielo, paisajes de un blanco inmaculado, glaciares y pingüinos. Pero bajo la superficie helada de sus aguas costeras yace un mundo invisible: diversas comunidades de microorganismos que sustentan silenciosamente los ecosistemas polares. Estas formas de vida microscópicas no solo son cruciales para el ciclo de nutrientes, sino que también pueden poseer características únicas con potenciales aplicaciones en biotecnología, medicina e industria.
Un proyecto reciente se propuso desvelar estos mundos microbianos ocultos. Mediante la secuenciación de nueva generación (NGS), los investigadores estudiaron la microflora de South Bay, en la isla Livingston, extendiendo su estudio a las islas cercanas y a las aguas abiertas del estrecho de Bransfield. Al tomar muestras a diferentes profundidades, pudieron cartografiar cómo se desplazan las comunidades microbianas tanto en el espacio como a lo largo de la columna de agua, desde la superficie hasta los 50 metros de profundidad.
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